sábado, 20 de julio de 2013

El director y la consellería


“Posibilitaremos la incorporación de las enseñanzas artísticas superiores a la universidad, de acuerdo con el marco del Espacio Europeo de Enseñanza Superior”.
Programa de Gobierno del Partido Popular, 2008

La profesión de docente es complicada, y si se combina con la mala imagen que tenemos los funcionarios, el efecto puede ser muy opresivo sobre el profesorado. Sin embargo y salvo muy contadas excepciones, la mayoría de los profesores que uno conoce hacen un trabajo extraordinario, oscuro, muy superior al señalado en sus responsabilidades, que intenta suplir las carencias de un sistema público educativo en decadencia. La profesión de director es quizá aún más complicada. Se trata del elemento de conexión entre la comunidad escolar y unas administraciones autonómicas que imponen, ahora más que nunca, unas condiciones muy restrictivas que limitan la creatividad, la innovación, el estímulo constructivo. Los directores de los centros educativos nos hemos convertido así en una especie de mensajeros oscuros para compañeros y alumnos, portadores de malas noticias, de peticiones no concedidas, de estrecheces sin fin. Y para la administración, en unos hijos díscolos que hemos traicionado la fidelidad paterna.

Pero siempre se puede estar peor, y puede que exista una condición aún más dolorosa: la de director de un centro de enseñanzas artísticas superiores. ¿Qué son esas enseñanzas?: un híbrido entre la universidad y los institutos, un quiero y no puedo, un fracaso anunciado, una pantomima. Tan absurda es la propuesta que la sociedad no ha llegado a percibir que los conservatorios superiores de música, las escuelas de arte dramático, las escuelas de conservación, etc., son entes intermedios, que ofrecen titulaciones similares a las de la universidad (“equivalentes a”), pero funcionan como institutos, con dotaciones y medios similares a los mismos pero con unas exigencias formativas de nivel universitario. Todo ello nos coloca en una tesitura abocada al enfrentamiento, o bien con los compañeros por la exigencia docente que les es solicitada, bien frente a las consejerías por nuestros permanentes requerimientos.

Para quien no lo sepa, la administración pública es fuertemente clasista, estructurada en una serie de castas que deben ser respetadas si se quiere hacer una progresión vertical. Los directores somos, como decía, el nexo entre las elevadas clases del poder y los desheredados representados por el profesorado y el alumnado. En ese ecosistema, la disensión se concibe como una traición que cercena las posibilidades de progresión pero, sobre todo, te convierte en un apestado, en un intocable. Esa visión clasista del desacuerdo encaja perfectamente con la sociedad falsamente democrática en la que vivimos, y explica por segunda vez en lo que va de año, el envío de una nota de prensa fuertemente agresiva contra el firmante, una reacción de violencia que Gandhi entendía como miedo a los ideales del contrario.

Los argumentos son muy simples: la situación en la que vivimos las enseñanzas artísticas superiores es insostenible y nos condena a una lenta pero inevitable asfixia, perdedores ante una universidad omnipotente. Podríamos mirar hacia otro lado –al fin y al cabo somos funcionarios- y jugar con los naipes que se nos han ofertado. Pero la injusticia cometida con el profesorado, con el alumnado y con las profesiones es de tal dimensión que no es posible permanecer callado. Nuestros cargos y responsabilidades, nuestros egos, son temporales y perecederos. No lo son nuestras obras, que permanecen y constituyen la base de la mejora social. Y en tanto que nuestras obligaciones lo son para con la sociedad, seguiremos discutiendo sobre aquello que se nos niega. Tan sólo pretendemos la mejora de unos centros educativos que, para cumplir con su exigencia formativa, necesitan una organización mejor, una mirada creativa, un empuje estimulante. Seguiremos en ello mientras podamos.

Fernando Carrera Ramírez
Director de la Escola Superior de Conservación e Restauración de Bens Culturais de Galicia. 

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